Referencias

Referencias

El autor propone un recorrido por libros, músicas, ciudades y paisajes que han ido configurando una forma de comprender el mundo de la mano de Virginia Woolf, Dickens, Vargas Llosa, Beethoven, Asimov, Dante, Jane Austen, Wagner, Lawrence Durrell, Borges, Elizabeth Jane Howard, Tintín, María Zambrano, Schubert, Star Trek o Miyazaki, entre muchos estímulos más.

Dante Alighieri

Uno de esos libros que se pueden mantener en la mesilla de noche es la Comedia porque es de aquellos que se pueden abrir por cualquier página y empezar a leer de forma aleatoria sin dudas de la experiencia transformadora que va a suponer. Es posible considerar a la Divina comedia de Dante Alighieri (1265–1321) como uno de los primeros edificios fundacionales de la literatura occidental porque enlaza con Virgilio y el resto de la tradición grecolatina —quien acompaña al propio Dante en su viaje por esos laberintos concéntricos— y también está repleto de asertos sobre la vida y nuestra condición humana desde una óptica europea a través de un trayecto por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Pero no se limita a eso porque en Vita nuova (Vida nueva), escrita en su juventud y combinando poesía y prosa, Dante convierte su amor por Beatrice Portinari en una exploración de la experiencia amorosa, la memoria y la propia identidad. En Un laberinto propio, Dante aparece precisamente a través de Vida nueva y de un descubrimiento adolescente. Un profesor escribe en la pizarra versos como «A ciascun’alma presa e gentil core» y explica a sus alumnos la historia del joven Dante y su fascinación por Beatrice. Para uno de ellos, que acaba de enamorarse durante un verano en Inglaterra de una chica italiana, una obra medieval se transforma repentinamente en algo personal y contemporáneo. El episodio sirve para plantear una de las ideas centrales del libro sobre la educación y el fomento de la lectura: la literatura adquiere una fuerza extraordinaria cuando el lector descubre que habla también de su propia vida. La complejidad literaria no tiene por qué ser una barrera si existe una conexión significativa con quien lee. Por eso Un laberinto propio propone una pregunta sencilla para acercarse incluso a los clásicos más exigentes: «¿Qué tengo yo de Dante?». La formación lectora del autor de Un laberinto propio se percibe como una propuesta de lectura claramente influida por la visión de lo que es un éxodo: leer es emprender un viaje de transformación interior en el que cada página conduce a una comprensión más profunda de uno mismo, de las demás personas y del mundo. El propio Luis González escribe ya desde el prefacio del libro: «Este recorrido puede parecerse, más que a un plan, a una carambola, pero realmente se ha concebido más como una estrategia de billar. Por ejemplo, una jugada puede empezar con una primera bola que avanza después de un gesto casi inocente: el recuerdo de un enamoramiento adolescente por una chica italiana durante unas vacaciones en Inglaterra. Esa bola sigue su curso y roza otra, la que despierta una súbita identificación de aquel muchacho con Dante Alighieri cuando, ya de vuelta, un profesor presentó en clase un soneto de la Vita Nuova. A su vez, esa bola impulsa una tercera: la del Manifiesto de Liubliana en defensa de la lectura ambiciosa y la conversación con su autor sobre las primeras lecturas que hacemos en nuestras vidas».

Anglofilia

La anglofilia aparece en Un laberinto propio menos como admiración abstracta por Gran Bretaña que como ejemplo de cómo las lecturas construyen nuestra identidad cultural. El autor contrapone dos experiencias: su hija, criada en un entorno cosmopolita, no necesita sentirse anglófila porque Londres forma naturalmente parte de su mundo; para él, en cambio, lo británico fue un territorio que tuvo que descubrir y conquistar mediante libros, viajes, música y referencias familiares. El origen se encuentra en la infancia: los libros de Guillermo Brown, el pudin aprendido por su abuela de una amiga inglesa y, sobre todo, una biblioteca familiar en la que estaban presentes Dickens y otros autores británicos. Incluso aparece una tradición anglófila anterior, vinculada al bisabuelo y a las divisiones entre los anglófilos y los germanófilos de la generación posterior durante la Primera Guerra Mundial. Pero son las lecturas las que convierten esa inclinación heredada en un verdadero laberinto de conexiones. Dickens conduce a Scott, Conan Doyle, Stevenson o Defoe; después llegan Jane Austen, George Eliot, Thomas Hardy, Virginia Woolf, Shakespeare, T. S. Eliot, Blake, Wordsworth o Lawrence Durrell. Un libro lleva a otro, y esos libros conducen a lugares, músicas y experiencias: desde los Proms en el Royal Albert Hall hasta la búsqueda de la Alejandría imaginada por Durrell. Con estos antecedentes no es de extrañar que en este libro se pueda leer la siguiente frase: «El Brexit fue una pequeña tragedia para mí y una gran catástrofe para los europeos, obviamente, incluyendo a los británicos en primer lugar». La anglofilia sirve así para formular una más de las ideas centrales del libro: somos también los itinerarios que hemos recorrido como lectores. Y esos itinerarios nunca permanecen inmóviles. Con los años cambian los autores, las preferencias y nuestra interpretación de las mismas obras. Una afinidad cultural podría ser vista como una conversación prolongada con una tradición: algunos escritores desaparecen del camino, otros regresan y unos pocos se convierten en compañeros para toda la vida.

Isaac Asimov

Isaac Asimov (1920–1992) fue un escritor, bioquímico y divulgador científico estadounidense, considerado una de las figuras más influyentes de la ciencia ficción con sus ciclos en torno a la Fundación, en los que se inspira en la historia de Roma para construir una narración amplísima en torno a un imperio galáctico. Empezó a escribir la primera de las novelas cuando la Segunda Guerra Mundial no había acabado y al generar ese mundo trata temas como la inteligencia artificial —que es un asunto central—, el papel del conocimiento en la organización de las sociedades, la planificación a largo plazo, la capacidad de predecir el futuro o los efectos de la descentralización del poder. En Un laberinto propio se describe en dos párrafos como la lectura de las novelas de Asimov pudo influir en la forma de otorgar un valor elevado a la prospección y la planificación en el trabajo profesional que desarrolla su autor: «Creo que es razonable afirmar que las lecturas de la infancia y la juventud contribuyen a configurar nuestra forma de pensar. Determinan ciertos reflejos intelectuales, moldean la manera de razonar e incluso la percepción que tenemos de la realidad. En mi experiencia, unas novelas sobre el destino de un imperio galáctico pueden llegar a inspirar unos comportamientos profesionales concretos, que se prolonguen a lo largo de una carrera».

Jane Austen

Las novelas de Jane Austen son una prueba de que la literatura puede iluminar, como si fuese una linterna en una caverna, para mostrar las limitaciones, aspiraciones y formas de resistencia de las mujeres de su tiempo. Austen (1775–1817) ocupa un lugar central en la historia de la novela por su extraordinaria capacidad para explorar la complejidad de la conducta humana a través de escenarios cotidianos. Sus obras analizan las relaciones familiares, el matrimonio, la educación, la posición social y las expectativas individuales con una combinación única de ironía, inteligencia y precisión psicológica. El autor de Un laberinto propio insiste en lo fundamental que ha sido para él leer ciertos libros para completar su percepción de lo que significa ser mujer; porque a lo largo de su vida han influido en él las mujeres de su entorno familiar y otras que ha conocido fuera de ese ámbito y la admiración por esta parte de la humanidad se ha incrementado aún más por las voces de autoras como Austen.

Azorín

José Martínez Ruiz, Azorín (1873–1967) fue un novelista, ensayista, articulista y crítico, que convirtió la observación de lo aparentemente insignificante -un paisaje, una calle, un objeto cotidiano, el transcurso del tiempo o un beso ante la puerta de la Catedral de Segovia- en una materia literaria ejecutada con una gran altura. Su escritura se caracteriza por la claridad, la precisión y una extraordinaria atención al detalle con una prosa que reduce los elementos retóricos para intensificar la mirada, pero siempre es de una elegancia enorme. En Un laberinto propio, Azorín aparece fugazmente, pero detrás de esa mención existe una relación lectora mucho más extensa. El autor conserva numerosas ediciones antiguas de sus obras y concede un significado especial a la primera edición de Doña Inés, tanto por razones literarias como por las conexiones familiares y biográficas que ese nombre suscita. Azorín representa así también una de las ideas recurrentes del libro: una biblioteca personal no es únicamente una colección de textos, sino un depósito de recuerdos, asociaciones y experiencias vitales. Una referencia fundamental para un lector como Luis González como es Andrés Trapiello, reconoce a este autor de la generación del 98 como uno de los escritores que admira y ha llegado a afirmar algo así como que «el gran escritor de partida es Baroja, y el de llegada es Azorín». La fórmula resulta especialmente sugerente para Un laberinto propio porque leer durante toda una vida significa también regresar a ciertos autores y descubrir que cada vez puede ser algo diferente y más rico, que el tiempo permite apreciar.

Naomi Baron

«He citado en numerosas ocasiones los estudios y libros de Naomi en mis conferencias, porque es una referencia mundial en el campo de la lectura» señala el autor en este libro. Para quienes trabajan en el campo de la lectura Naomi Baron es una autora esencial y últimamente ha centrado sus indagaciones en el impacto de lo digital en la actividad lectora. En Un laberinto propio se recoge una conversación en torno a vinos entre el autor y esta investigadora estadounidense. No obstante, Baron considera que los resultados dependerán más de cómo se emprenda la actividad lectora —con concentración o de forma dispersa— que del soporte, impreso o digital y le dice a González: «Como sostuve en How We Read Now, lo esencial es la mentalidad del lector. Cuando los bots leen por nosotros, sus textos son digitales, pero sus cerebros no se alteran —porque no tienen—. Si los humanos delegamos nuestra lectura en los bots, deberíamos preocuparnos por la inminente acumulación de información sin comprensión». Hace pocos meses la Universidad de Stanford ha publicado su libro más reciente y precisamente aborda esta materia: Reader Bot. What Happens When AI Reads and Why It Matters. El libro cuenta con la recomendación de Maryanne Wolf en su faja.

Antonio Basanta

No es una sorpresa que Antonio Basanta (n. 1953) ocupe un lugar especialmente cercano en Un laberinto propio, porque es una persona que ha dedicado una buena parte de su vida profesional a la lectura. No solo fue docente y dirigió un gran grupo editorial, sino que es una figura clave en el diseño, crecimiento y consolidación de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, la institución que ahora dirige el autor de este libro. Basanta ha dedicado un esfuerzo a reflexionar sobre cómo se forman los lectores y cómo puede fomentarse socialmente la lectura. En su libro Leer contra la nada (Siruela, 2017) condensa una idea que se recoge en Un laberinto propio: leer no significa necesariamente aislarse, sino establecer una conversación, porque Basanta encuentra en los clubes de lectura una demostración especialmente clara: cuando varias personas comparten lo leído, las interpretaciones individuales se encuentran y la comprensión se amplía. La diversidad de miradas permite descubrir en un mismo texto significados que un lector aislado quizá no habría percibido. Esta concepción enlaza con otra de las preocupaciones del libro: comprender mejor qué sucede cuando leemos. Basanta contribuyó también a que la fundación pudiera abordar la relación entre la neurociencia y la lectura, que ahora es el tema del libro Un regalo de los dioses. Neurociencia de la lectura, que ha escrito con Nazareth Castellanos. Su presencia en Un laberinto propio tiene además una dimensión profesional y personal. Basanta participó durante décadas en proyectos relacionados con las políticas del libro y la lectura y fue quien propuso al autor incorporarse a la Fundación Germán Sánchez Ruipérez para sucederle en su dirección.

Ludwig van Beethoven

Beethoven (1770–1827) está presente en bastantes pasajes del libro porque parece haber sido un compositor muy relevante en la vida del autor y aparece en el texto casi en una veintena de ocasiones. Es un músico que aparece como la mejor metáfora del acto de leer, porque cada director, pianista o cuarteto realiza una lectura distinta de una misma partitura, igual que cada lector construye una versión irrepetible de un texto. De hecho, en el último capítulo de Un laberinto propio el autor le otorga una función fundamental: «Desde que era un adolescente pienso que mi tocayo Beethoven tenía acceso a otra dimensión, que no parece física sino transcendental. Es una diferencia radical entre la escritura musical —que precisa alturas y duraciones— y la escritura verbal, cuyos grafemas forman palabras con significado».

Isaiah Berlin

Pese a que en Un laberinto propio solo se cita una vez a este autor, sus obras han tenido una influencia notable en la evolución intelectual de González. En el momento en el que el libro incide en la lectura como una herramienta para la innovación y la libertad, se recuerda expresamente la advertencia que hace Isaiah Berlin (1909–1997) sobre una concepción de la libertad, fundamentada en el esquema de Platón, que identifica ser libre con actuar racionalmente, con una especie de racionalidad ideal, porque el peligro surge cuando se acepta que otros, supuestamente más racionales, saben mejor que nosotros qué nos conviene y adquieren así la legitimidad para dirigir nuestras decisiones en nombre de nuestra «verdadera» libertad. En el contexto de las ideas de Berlin y Popper el autor señala lo siguiente: «Mi sugerencia tras la lectura de este texto tan contundente consiste en ligar toda esta visión al significado que otorgo a la lectura como la auténtica llave de la innovación, porque en una sociedad abierta el poder político está sujeto a control y revisión, y las personas tienen la libertad de expresar sus opiniones y cambiar sus líderes mediante procesos pacíficos y democráticos o sin que se les desprecie por no compartir la razón de los dioses».

Bibliotecas como un activo para la sociedad

En Un laberinto propio, la biblioteca se concibe como una infraestructura cultural y cívica capaz de transformar la vida de las personas. La mediateca de Saintes sirve como ejemplo de una idea de biblioteca que supera la imagen tradicional del espacio silencioso dedicado exclusivamente a conservar libros, leer o estudiar. Allí pueden producirse encuentros, talleres, clubes de lectura y, sobre todo, esa serendipia mediante la cual un libro encontrado inesperadamente abre un camino que antes desconocíamos. La experiencia francesa de las mediatecas y los proyectos desarrollados por la Fundación GSR en Iberoamérica conducen a otra convicción: la verdadera fuerza de una biblioteca no reside en el edificio, sino en las personas que la hacen funcionar. Se cita el ejemplo de bibliotecarias innovadoras que pueden convertirla en un banco de conocimientos, un apoyo para emprendedores, un jardín de aprendizaje o un espacio donde combatir la soledad y favorecer la integración de quienes llegan de otros países. Esta dimensión comunitaria no desplaza al libro ni a la experiencia individual de lectura porque todas esas relaciones se producen alrededor de la lectura y el conocimiento. La biblioteca representa así, a pequeña escala, otra de las tesis fundamentales de Un laberinto propio: leer no es aislarse del mundo, sino adquirir herramientas para participar mejor en él. Por eso las bibliotecas son también activos estratégicos de una sociedad: fortalecen el pensamiento analítico, la creatividad, la transmisión del conocimiento y los vínculos que permiten construir comunidades más abiertas, prósperas y democráticas.

Jorge Luis Borges

Borges (1899–1986) ocupa un lugar especialmente relevante en Un laberinto propio porque su literatura encarna varias de las ideas que se recogen en el libro: el laberinto, el juego, las conexiones entre textos y la participación creativa del lector. Además, esta presencia arranca con una anécdota divertida —que es otro de los integrantes frecuentes de este libro— en la que se juntan Joy Division, el propio Borges, el parque de El Retiro y un episodio con María Kodama décadas más tarde. Asimismo, se relata un episodio que ejemplifica la importancia de los maestros en la formación de lectores. A los catorce años, un profesor dictó en clase el comienzo de Las ruinas circulares y detuvo la lectura en un momento decisivo: quien quisiera conocer el final tendría que buscar Ficciones en la biblioteca y aquello convirtió a Borges en una lectura que acompañaría al autor durante toda su vida. Las ruinas circulares proporciona, además, una puerta de entrada al universo borgiano y cierta incorporación a las tesis de Un laberinto propio: el juego entre el soñador y el ser soñado desdibuja las fronteras entre realidad y ficción, del mismo modo que Borges hace dialogar continuamente unos libros con otros. Cervantes, Alicia a través del espejo, Berkeley o El Golem forman parte de una red de referencias que el lector debe recorrer y reconstruir. Sin duda, Borges escribió una literatura que exige participación y en su caso es evidente que leer implica establecer conexiones, interpretar y crear algo que no estaba completamente contenido en el texto antes de nuestra llegada. Sus jardines de senderos que se bifurcan ofrecen, por ello, una imagen particularmente adecuada para Un laberinto propio.

Claude Boucher

Claude Boucher (1842–1913) aparece en Un laberinto propio porque su historia permite conectar tecnología, territorio y complejidad económica. El crecimiento del comercio del coñac impulsó durante el siglo XIX el envío en botellas y, con ello, actividades complementarias como la fabricación de vidrio, cajas, tapones e impresos. Instalado en Cognac desde 1878, dedicó años a inventar una máquina para la fabricación de botellas, que todavía era artesanal y dependía del soplado a pulmón. En 1898 desarrolló su máquina semiautomática, que sustituía ese esfuerzo mediante aire comprimido. La innovación no solo aumentó considerablemente la productividad y regularidad de las botellas: redujo algunos de los graves riesgos laborales que padecían los sopladores de vidrio. El caso de este antepasado de los primos de Luis González sirve así para una reflexión más amplia del libro: la innovación no surge aisladamente, sino allí donde conocimientos, necesidades, industrias y personas diferentes pueden conectarse. En el Musée des savoir-faire du cognac se puede ver una máquina de este primer modelo de fabricación de botellas y parece una especie de insecto mecánico y es un objeto que todavía conserva la anatomía del artesano. En ese mismo museo hay una pequeña biblioteca con libros de literatura de ficción en los que el mundo del coñac tiene una presencia importante y, entre ellos, los visitantes pueden encontrar Los trabajadores del mar de Víctor Hugo, que le sirvió a Luis González para encontrar una «metáfora del significado de la referida tendencia incesante de los humanos a mejorar sus tecnologías y del riesgo que conlleva, al hablar de oficios como el de los herreros o los vidrieros, que modelaban esa materia candente sin descanso, hombres que se enfrentaban al fuego y el peligro, y hace una comparación entre la fragilidad del cuerpo humano y a fuerza de la naturaleza, del mar».

Johannes Brahms

En Un laberinto propio se cita un pasaje del libro de Hugh MacDonald Música en 1853. La biografía de un año, que relata el viaje a pie que hizo Brahms por la orilla del Rin, como otro ejemplo en el que hay una conexión entre el caminar y la introspección: «Aquella caminata representaba para los alemanes de su tiempo una conexión con sus mitos más antiguos y, sobre todo, un peregrinaje interior en el que Brahms habría de encontrarse consigo mismo, algo que quedaría reflejado para siempre en su creatividad musical». Johannes Brahms (1833–1897) es otro compositor muy presente en el libro de González, porque lo estuvo en su infancia y en varias generaciones de su familia paterna y porque es un caso en el que se constata que muchas creaciones artísticas nacen del diálogo con quienes precedieron a quien compone o escribe un libro, al igual que toda lectura incorpora la memoria de otras lecturas y eso genera una biografía lectora única y personal. Además, esas digresiones conectan muy bien con las referencias a Beethoven, Schubert o las caminatas que describe Robert Macfarlane en The Old Ways y con la concepción europea del viaje cultural que atraviesa todo el ensayo.

Charlotte Brontë

Charlotte Brontë (1816–1855) alcanzó reconocimiento internacional con Jane Eyre, novela que combina formación personal, cierta crítica social e una intensa exploración psicológica. En Un laberinto propio hay un reconocimiento claro de la transcendencia que ha tenido para su autor toda una serie de epifanías al leer obras escritas por mujeres y al escuchar las ideas que algunas mujeres han compartido con él sobre sus lecturas. En el caso esta novelista británica reconoce que su obra convirtió la exploración del mundo interior —la novela psicológica— en uno de los grandes temas de la literatura moderna, situando la identidad y la libertad personal en el centro de la experiencia narrativa. La autonomía intelectual y moral de los personajes femeninos ha influido en la narrativa inglesa de bastantes décadas posteriores. Para el autor este tipo de experiencias de lectura aportan una energía capaz de resistir las limitaciones impuestas por el entorno: la lectura es un terreno para fortalecer nuestra libertad. Podría conectarse su obra con los antecedentes de Jane Austen y con la transformación de las obras de Virginia Woolf en cuanto el gran peso literario de la atención a la conciencia, así como con Elizabeth Jane Howard por la representación de la vida interior.

Bronwyn

Bronwyn es el personaje femenino de El señor de la guerra (The War Lord, 1965), película protagonizada por Charlton Heston que dejó una profunda impresión infantil en el autor de Un laberinto propio. En la historia, el señor feudal Chrysagon se siente atraído por la joven y ejerce sobre ella una prerrogativa señorial que convierte el poder en dominio sobre el cuerpo y la voluntad de otra persona. La figura de Bronwyn inspiraría además a Juan Eduardo Cirlot, que hizo de ella el centro de un intenso ciclo poético asociado al deseo, la imaginación y el destino. En Un laberinto propio, aquella antigua imagen cinematográfica reaparece inesperadamente en la cabeza de González durante un viaje a Cuba. El relato de un padre amenazado por un representante local del poder comunista (CDR) provoca la conexión con la escena de Bronwyn. Esta asociación revela además una corriente que atraviesa el libro: la defensa de la dignidad humana, la libertad individual y la igualdad de derechos frente a cualquier forma de arbitrariedad. Bronwyn representa así algo que podemos aprender de la lectura, el cine o las vivencias personales: que hay que estar alerta siempre y luchar por la libertad individual y la igualdad de derechos, con independencia de los argumentos que se esgriman para imponernos algo por «nuestro propio bien».

Italo Calvino

Italo Calvino (1923–1985) fue el escritor que llevó al autor de Un laberinto propio a empezar a buscar literatura para lectores adultos y afirma que: «Es una figura esencial para ayudar a los jóvenes a transitar hacia la literatura exigente, porque, lejos de representar un punto intermedio entre lo accesible y lo profundo, su combinación de realismo y fantasía, de ironía y trascendencia, logra una literatura al mismo tiempo penetrante y ligera. Calvino se ha convertido en uno de esos compañeros que uno lleva a su lado durante toda su vida». Calvino es un escritor italiano que mezcla la imaginación, el rigor intelectual y una constante maestría en las posibilidades del lenguaje a través de un italiano tan rico y exigente que obliga a un español que lee en esa lengua a recurrir al diccionario.

Richard Charkin OBE

Charkin (n. 1949) es una de las grandes figuras internacionales del mundo del libro al ocupar puestos directivos en algunos de los mayores grupos editoriales, responsabilizarse de la transformación de modelos de negocio o del lanzamiento de fenómenos editoriales como los libros de Harry Potter y sigue siendo pionero en la implantación de estrategias basadas en el sentido común. En 2024 publicó My Back Pages. An Undeniably Personal History of Publishing y la editorial española Trama publicó el libro con el título de Publisher, que fue presentado en el centro de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez en Madrid (Casa del Lector). En Un laberinto propio se narran varios episodios, no exentos de humor, protagonizados por su autor y Richard Charkin: desde sus encuentros en el Chelsea Arts Club de Londres hasta un recorrido por el laberinto medieval de Segovia, antes de desembocar en una última carambola en el capítulo final, tras un nuevo almuerzo compartido. Cuando Luis González comienza a estructurar y escribir Un laberinto propio, durante sus vacaciones en Francia en el verano de 2025, comenta el proyecto con Charkin —que también se encuentra descansando en Francia—. Este le ofrece sus primeras impresiones y comparte con él la experiencia de haber escrito su propio libro sobre el mundo editorial.

Roger Chartier

El historiador francés Roger Chartier (n. 1945) impartió un curso magistral durante una semana de mayo de 2014 en Casa del Lector (Fundación Germán Sánchez Ruipérez). Este autor es una referencia en el pensamiento en torno a la historia del libro y de la lectura. Aparece citado en Un laberinto propio cuando se recuerda una conversación informal entre Naomi Baron y González en el marco de un foro denominado Lecturalab. El autor se refiere al primer tratado en lengua vulgar acerca del arte de la imprenta, escrito en Madrid en 1680 por Alonso Víctor de Paredes, que conoció gracias al libro Escuchar a los muertos con los ojos de Chartier: «En él, el autor distingue entre el contenido —al que equipara con el alma— y la forma impresa, que compara con un cuerpo airoso y galante. Igualmente, Kant escribe que hay dos ideas sobre el libro, un libro entendido como “opus mechanicum”, es decir, un objeto físico y, por otra parte, el libro como discurso o contenido». Estas referencias se integran dentro de un pasaje dedicado al impacto de la digitalización a la hora de disociar el contenido de su soporte.

Cicerón

Marco Tulio Cicerón (106–43 a. C.) fue un filósofo, orador, jurista y escritor romano. En una reciente conversación el autor ha señalado que: «Ahora me siento mucho más próximo a su pensamiento que cuando era un crío fascinado por las lecturas de mi profesor (AKA El Lacio) de las Catilinarias en latín. Se habla mucho de “pensamiento crítico” y he llegado a la conclusión de que esto se hace sin comprender bien su significado e, incluso, usando este término en un sentido completamente antagónico con el papel que se le otorga: para denostar a los demás y condenarlos al ostracismo. En este laberinto en forma de libro hay implícita una visión de su obra como uno de los pilares de nuestro pensamiento occidental. También hay una asimilación del paso a la madurez y a la vejez porque ahora percibo que durante la juventud admiraba a Julio César y Cicerón me parecía brillante, pero parte de un “establishment”, miembro de los “equites” que me recordaba una tradición propia de mi entorno familiar, construida por muchas generaciones de clase media culta. Y, en cambio, hoy me aterrorizan los perfiles como el de Julio César». En sus cartas, discursos, tratados filosóficos y obras sobre retórica hay una claridad expositiva, elegancia literaria y reflexión ética que pueden ser fascinantes si consigues entrar de lleno en su obra. Hay un principio o convencimiento que también encontrarás en Un laberinto propio: que la palabra bien empleada podía contribuir al bien común y una educación que integrara el conocimiento, la virtud y la participación en la vida pública son pasos hacia una mejor sociedad. Durante la Edad Media, el Renacimiento y la Ilustración, sus escritos ocuparon un lugar central en la formación de generaciones de lectores, humanistas y gobernantes. Su legado demuestra que la lectura no solo transmite información, sino que cultiva la capacidad de razonar, argumentar y dialogar con inteligencia y responsabilidad.

Ewan Clayton

Ewan Clayton es un calígrafo, historiador de la escritura y ensayista británico especializado en la evolución de la cultura escrita. Para cualquier persona que combine el amor al mundo del libro con el gusto o, al menos, la tolerancia respecto a los acercamientos eruditos su obra es una fuente de placer. Muestra de un modo eficaz cómo la historia de las letras y de los soportes materiales han influido de forma determinante en la manera en que las personas leen, escriben y transmiten el conocimiento. La lectura de su obra ayudó a Luis González a comprender bastantes cosas y a acudir a nuevas fuentes específicas sobre las tipografías, como el libro de Eric Gill o el The Thames and Hudson Manual of Typography de McLean y, claro, la joya de Stanley Morison.

La complejidad

En Un laberinto propio, la complejidad aparece como una característica de las sociedades capaces de innovar, prosperar y generar conocimiento. La llegada de la imprenta a Segovia sirve para hacerlo visible: Juan Párix de Heidelberg se instaló en una ciudad con tradición industrial, actividad textil, conocimientos técnicos, comercio y trabajadores especializados. Existía, por tanto, un ecosistema en el que diferentes capacidades podían combinarse para incorporar una tecnología nueva. Esta observación enlaza a quien lee este libro con el concepto de «complejidad económica»: las sociedades que poseen una mayor diversidad de conocimientos, profesiones y actividades productivas disponen también de más posibilidades de relacionarlos de maneras innovadoras. La riqueza no depende solamente de acumular recursos, sino de multiplicar las conexiones entre personas que saben hacer cosas diferentes. La especialización —desde la división del trabajo de Adam Smith— aumenta la capacidad colectiva, precisamente porque hace necesaria la interacción. La referencia a un contexto de la Segovia de aquellos años incorpora otro elemento: cierta complejidad social, encarnada por la presencia de comerciantes, industriales, nobles, artesanos, conversos y diferentes grupos que compartían una sociedad relativamente abierta para su tiempo. Tal pluralidad favorecía la circulación de conocimientos y la innovación y esto conecta con la concepción de la lectura defendida en Un laberinto propio y con el modelo desarrollado por César Hidalgo y Ricardo Hausmann en The Building Blocks of Economic Complexity. Para ambos autores, la capacidad productiva de una economía depende del conjunto de conocimientos y capacidades que posee una sociedad y, sobre todo, de las posibilidades de combinarlos. Por eso las economías más complejas pueden producir bienes que requieren muchas capacidades distintas y difíciles de reunir. Esta perspectiva ayuda a comprender el ejemplo de la Segovia de Juan Párix y que quien lea este libro pueda generar nuevas ideas en torno a una tesis: la imprenta pudo arraigar porque encontró un ecosistema que ya acumulaba conocimientos técnicos, comerciales y artesanales susceptibles de conectarse con la nueva tecnología. Y permite extender la analogía hacia una de las tesis de Un laberinto propio: también la mente de un lector gana complejidad cuando incorpora conocimientos diversos que después puede relacionar de formas nuevas. Cuantas más piezas contiene nuestro repertorio intelectual, mayores son las combinaciones posibles e, afortunadamente, improbables.

Julio Cortázar

Leer Rayuela durante los primeros años de la juventud puede ser producto de cierta pedantería adolescente que hiciera sentir como una obligación el recorrer una especie de canon vanguardista o de excelencia, pero también puede considerarse como un juego en el que se asume un reto. De hecho, Julio Cortázar (1914–1984) plantea la invitación de jugar con el texto al leerlo en un orden alternativo, de manera que se siga una secuencia de capítulos completamente alternativa. Más allá de su novela más famosa, quizás sea ante todo un maestro del cuento moderno, con una escritura de extraordinaria precisión y ritmo, capaz de introducir lo insólito en la realidad más familiar, de mezclar lo cotidiano con lo fantástico o la reflexión filosófica. Una vez más, González acompaña algunas referencias a las posibilidades que podemos encontrar en las obras de Cortázar con la anécdota de un encuentro con su ídolo.

Perico Delgado

Luis González: «Uno de los trabajos que tuve que llevar a cabo para el desarrollo del primer Plan de Fomento de la Lectura en España fue ejecutar una estrategia de comunicación y en ese contexto alcanzamos un acuerdo con TVE para que al final de cada telediario una persona famosa (por ejemplo, una modelo) o desconocida (por ejemplo, un taxista de Madrid) explicara lo que la lectura aportaba a su vida. Una de las figuras notorias que aceptó colaborar fue Pedro Delgado, quien en 1988 había ganado el Tour de Francia. En el vídeo que se grabó Perico Delgado explicaba lo importante que había sido leer Cien años de soledad al irse a descansar tras cada etapa de la competición y para mí fue un concepto de gran utilidad para comunicar uno o dos de los impactos favorables de la lectura en la vida de las personas: la salud emocional y el reequilibrio en las prioridades personales. Cuando presentamos esta iniciativa en la Feria del Libro de Madrid cayó una tormenta impresionante ¿cómo no iba a ser así si esa es una tradición en la feria? y yo le ofrecí a Perico llevarlo en mi coche al siguiente lugar en el que debía estar y, para un segoviano como yo, charlar con él durante ese trayecto fue una experiencia maravillosa. Durante la última Feria del Libro de Londres intervine en el auditorio principal del palacio Olympia y al hablar sobre los impactos favorables de la lectura mencioné a Perico con el fin de provocar una sonrisa en José Manuel Anta y Fernando Benzo, quienes se encontraban entre el público y me consideran un obsesivo enamorado de mi patria chica porque parece que para mí es el centro del mundo. Pues bien, de alguna manera tienen razón porque ¿no es la sede de nuestra infancia el centro de nuestro mundo? En este laberinto se citan aquellas excursiones en bicicleta durante la niñez y juventud por los laberintos forestales de mi tierra: experiencias que compartí mientras conducía y charlaba con Perico Delgado porque él había agotado también sus piernas por las revueltas de Riofrío o de Valsaín o por las carreteras hacia Pedraza, Sotosalbos o el Puente Uñez. En Un laberinto propio también se compara el agotamiento al subir un puerto de montaña en bicicleta con la lectura: el esfuerzo provoca placer».

Lawrence Durrell

Lo fundamental de la presencia de Lawrence Durrell (1912–1990) en Un laberinto propio no se refiere al recuerdo de una lectura juvenil (durante la etapa en la que González considera como la del nivel de pedantería más alto de su vida). El cuarteto de Alejandría es en este libro una demostración especialmente poderosa de varias de sus tesis sobre la lectura. La estructura concebida por Durrell obliga al lector a desempeñar un papel activo: Justine, Balthazar, Mountolive y Clea presentan perspectivas diferentes y complementarias de unos acontecimientos, cuya interpretación cambia a medida que avanza la tetralogía. En este libro la realidad se manifiesta como algo dependiente del punto de vista, y el lector debe reconstruirla, como quien recompone un rompecabezas. Una vez más, se sostiene que esta situación convierte a la lectura en acto creativo y juego intelectual y que el lector interpreta la obra como un músico interpreta una partitura: establece conexiones, modifica conclusiones anteriores y descubre significados que permanecían ocultos. Pero el papel de Durrell en Un laberinto propio no se limita a eso, porque permite desarrollar otra idea central: la ficción nos entrena para mirar desde la perspectiva de otras personas. Comprender que un mismo acontecimiento puede adquirir sentidos diferentes según quién lo experimente constituye un ejercicio de empatía y una disposición valiosa para convivir en sociedades plurales. Por otra parte, la ciudad de Alejandría funciona en el Cuarteto como un gran laberinto narrativo y demuestra la capacidad de la literatura para construir lugares que terminan formando parte de nuestra propia memoria. El autor de Un laberinto propio buscó años después en Egipto aquella Alejandría imaginada durante sus lecturas juveniles y descubrió que no existía fuera de los libros. Quizás ese sea un tercer papel de la obra de Durrell en este libro, el de enunciar otro de los poderes de la lectura: crear geografías interiores capaces de acompañarnos durante toda la vida.

George Eliot

El autor de este libro llega hasta Mary Ann Evans (1819–1880), conocida como George Eliot, por la influencia de alguna de las mujeres que ha habido en su vida —como su madre o esposa— porque le insistieron en el placer al que se accedía al hacer una inmersión en unas obras caracterizadas por un profundo análisis psicológico de sus personajes y su extraordinaria capacidad para representar las relaciones sociales. Hay algo de diálogo anticipatorio de esta autora con ciertos aspectos desarrollados por Henry James. Desde la perspectiva de las propuestas que hace Un laberinto propio, leer las novelas de George Eliot significa ejercitar la empatía y el juicio crítico. Sus novelas obligan al lector a comprender perspectivas diferentes frente a una situación, demostrando que la lectura de ficción literaria puede ser una escuela de interpretación de la condición humana, así como de formación de criterio individual a partir de la empatía y la comprensión. Estos son elementos que integran el concepto de «Lectura ambiciosa» de Luis González o de lectura profunda y «higher-level reading» del Manifiesto de Liubliana.

Manuel Estrada

Estrada (n. 1953) aparece en Un laberinto propio como ejemplo de una idea que se explora a la hora de leer libro: la creatividad surge del conocimiento, la interpretación y las conexiones que somos capaces de establecer. Reconocido especialmente por su trabajo en el diseño de cubiertas de libros —además de logos y muchas otras cosas— Estrada parte de un principio aparentemente sencillo, pero no es muy probable que todos los diseñadores hagan algo similar: para diseñar bien un libro hay que leerlo, porque la experiencia le enseñó que sus mejores portadas nacían de las obras que había leído y comprendido, especialmente cuando podía añadir a esa lectura la conversación con el autor y el editor. Aunque González habla de «cubiertas», durante una conversación que mantienen ambos en un restaurante de Madrid, Estrada le responde que no está de acuerdo con su manía de hablar de cubiertas porque «la cubierta cubre el libro, la puerta es la portada». Su método convierte el diseño en otra forma de interpretación. Estrada concibe la portada como la puerta por la que comienza la lectura antes incluso de abrir el libro: debe atraer y sugerir sin desvelar, aunque también mantener una relación verdadera con aquello que contiene. El diseñador transforma así palabras, argumentos y emociones en una imagen capaz de expresar visualmente algo esencial de la obra. En Un laberinto propio, las conversaciones con Estrada permiten relacionar lectura, conocimiento y creatividad. Su afirmación de que no se puede proyectar algo sin comprenderlo enlaza con una de las tesis fundamentales del libro: para crear conexiones nuevas necesitamos previamente adquirir conocimientos. Leer proporciona los materiales con los que puede trabajar y es un disparador de la creatividad. Como resume el propio Estrada: «El camino más corto para comprender un libro es leerlo».

Luis Martín García Marcos

Luis Martín García Marcos (1895–1971), abuelo materno del autor de Un laberinto propio, aparece en el libro como poeta y transmisor de una herencia literaria profundamente vinculada a Segovia. Su nombre permanece en la ciudad: escribió en 1928 la letra de su himno, cuyos versos sobre Isabel I de Castilla y la revolución comunera provocaron que la composición fuera sucesivamente proscrita durante la Segunda República y la dictadura franquista, antes de ser recuperada oficialmente con la democracia de 1978. Segovia fue también materia de su poesía. Por otra parte, su soneto Ceniza en vilo convierte el acueducto en objeto de interrogación poética porque tiene la genialidad de atribuir a la contundente materialidad del granito una naturaleza tan ligera como la de la ceniza y lo integra con el vuelo de las aves, así como el protagonismo de una luz diferente a todas. Décadas después, esos versos reaparecen para el autor al reflexionar sobre el significado emocional de una ciudad cuyas calles siente como una prolongación de la casa familiar. Sin embargo, la huella más profunda de Luis Martín García Marcos quizá esté en su biblioteca. El despacho donde dormía la siesta el abuelo se convirtió después en dormitorio de su nieto y, finalmente, en la «sala de máquinas» donde fue formándose como lector. Aquellos libros, primero utilizados para construir carreteras para las carreras de chapas en los juegos infantiles, condujeron después a Victor Hugo, Eugène Sue, Ariosto o Juan de Mariana. Esa biblioteca familiar influyó también una inclinación hacia Dickens, la literatura británica y la anglofilia. ¿Cómo es posible que una persona que murió cuando el autor tenía siete años haya influido tanto en su vida? Es posible que la respuesta esté en que las generaciones previas marcan a las posteriores a través de sus bibliotecas y quizás por eso Clausura, el libro de poemas del abuelo, permanece todavía junto a Dante, Virgilio, Eliot, Larkin, Borges y Calvino en la mesilla del autor. En Un laberinto propio, Luis Martín García Marcos representa así una idea más de este libro: los lectores se construyen también con los libros, las palabras y los recuerdos que reciben de quienes los precedieron.

Jürgen Habermas

Hace bastantes años la Fundación Gulbenkian invitó a Luis González a dar una conferencia sobre el impacto de lo digital en la lectura. Aunque su gran auditorio es imponente, lo que más le impresionó fue que antes de él intervino el gran pensador alemán Jürgen Habermas (1929–2026) para hablar de la relación de estas transformaciones con la participación democrática. De manera previa al inicio de esta jornada les invitaron a tomar un café para que pudieran charlar. Cuando el autor de Un laberinto propio defiende la relación entre la lectura y la democracia, lo hace desde la influencia que ha tenido en él el trabajo de expertos como Miha Kovač, André Schüller-Zwierlein o Anne Mangen al relacionar la lectura que denomina «ambiciosa» (y en el Manifiesto de Liubliana se llama «higher-level reading») con el pensamiento analítico y por ende con la convivencia democrática. Estos razonamientos se pueden seguir en la parte del libro que se dedica al desastre que representa el Brexit y a los procesos que llevaron a ese desbarajuste. No obstante, es fácil detectar un vínculo subyacente entre Un laberinto propio y los libros de Jürgen Habermas y su defensa de las condiciones que hacen posible una democracia deliberativa, cuando este miembro de la Escuela de Frankfurt (el más famoso de la segunda generación) sostiene que la legitimidad democrática depende de ciudadanos capaces de participar en una esfera pública desde la base de los argumentos, el contraste de razones y la búsqueda compartida de la verdad, frente a la manipulación emocional o la mera agregación de opiniones. En ese sentido, la idea de que la lectura de textos complejos fortalece el pensamiento analítico converge con su concepción de la racionalidad comunicativa. Aunque Habermas no desarrolla una teoría específica de la lectura comparable a la de Miha Kovač, sí entiende que la formación cultural, la competencia lingüística y la capacidad de interpretar críticamente discursos públicos son requisitos indispensables para una ciudadanía libre y para preservar una democracia resistente frente al populismo y la simplificación.

Georg Friedrich Händel

Nacido en Alemania, formado en Italia y consagrado definitivamente en Londres, Händel (1685–1759) representa una de las trayectorias más cosmopolitas de la historia de la música. Convirtió Londres en una capital musical europea y creó un repertorio que sigue ocupando un lugar central en la tradición occidental. Su biografía ilustra cómo la cultura se construye mediante viajes, intercambios y traducciones, del mismo modo que los libros cruzan fronteras y transforman civilizaciones. En Un laberinto propio se escucha algo de la brillantez musical de Händel cuando se recorren las calles de Mayfair o Westminster junto a edificios de Christopher Wren.

Peter Handke

La literatura de Peter Handke (n. 1942) mantiene una relación especialmente intensa con el acto de caminar. Esa referencia literaria se advierte de modo implícito en Un laberinto propio, y su autor también la menciona al detectar la presencia de obras de Handke en su biblioteca. Para Luis González caminar por un laberinto forestal o urbano modifica el ritmo de la percepción y eso permite detenerse en aquello que normalmente pasa inadvertido y convierte el paisaje en un espacio donde recuerdos, sensaciones e ideas aparecen y se enlazan. Esta relación entre movimiento exterior e introspección resulta particularmente visible en obras del autor austriaco como La tarde de un escritor, Ensayo sobre el cansancio o La repetición, pero adquiere una formulación especialmente sugerente en la narración de En una noche oscura salí de mi casa sosegada, que González cita también al inicio del último capítulo de este libro. Desde el propio título —que remite a san Juan de la Cruz—, Handke convierte el viaje de su protagonista en un recorrido hacia lo desconocido en el que el desplazamiento físico se confunde progresivamente con una exploración de la identidad. Y también hay en Un laberinto propio cierto paralelismo entre caminar y leer: ambas actividades suspenden parcialmente la relación inmediata con lo cotidiano y abren un espacio para la observación, la memoria, la digresión y el descubrimiento de conexiones inesperadas.

David Hockney

Hockney (1937–2026) aparece en el último capítulo de Un laberinto propio como el esbozo de cierta demostración de una de sus tesis: la tecnología puede ampliar las posibilidades de la creación, pero el impulso que establece conexiones inesperadas sigue siendo profundamente humano. Durante la pandemia, Hockney trabajó confinado en su casa de Normandía utilizando un iPad para registrar los cambios de la naturaleza: árboles, flores, agua, luz y transformaciones del paisaje a lo largo de las estaciones. Aquellas obras protagonizan No se puede detener la primavera, el libro de Martin Gayford construido a partir de sus conversaciones con el artista. Años después de leerlo en el otoño de 2021, una coincidencia conduce al autor de Un laberinto propio hasta una exposición londinense de esas imágenes. Allí descubre que las creaciones digitales han sido dispuestas como un gran friso que el visitante debe recorrer. La experiencia enlaza inesperadamente innovación y tradición: Hockney utiliza una herramienta digital contemporánea, pero dialoga con los antiguos rollos pictóricos chinos y con la narración visual del tapiz de Bayeux. La anécdota se convierte así en una de las últimas piezas del laberinto. Pocos meses después de haber entregado la última versión revisada de Un laberinto propio murió Hockney y en agosto de 2026 Luis González atravesó las llanuras arenosas de Hyde Park y Kensington Gardens —extrañamente cubiertas de una mezcla de hierba completamente seca y arena, en lugar del verdor al que estaba acostumbrado— para hacer una nueva visita improvisada a la exposición que se iba a clausurar pocos días después.

Elizabeth Jane Howard

El autor de este libro ha explicado que la primera vez que tuvo en sus manos un texto de E. J. Howard quedó magnetizado desde las primeras diez páginas. En Un laberinto propio refleja su asombro por la escasa presencia y valoración de esta autora como una de las creadoras más relevantes del siglo XX. También ha reconocido que, al sentirse tan intrigado, buscó referencias para comprender cuál es el motivo por el que la autora ha vivido esa situación. Por esa razón le produjo satisfacción descubrir un artículo de Hilary Mantel (autora de las fascinantes novelas sobre Cromwell) en el que ella defendía que Howard es una autora injustamente infravalorada y elogiaba la exquisita calidad de una obra que, durante demasiado tiempo, fue etiquetada de forma peyorativa como literatura «doméstica». Luis González ha señalado que en la primera de las cinco novelas de Crónicas de los Cazalet percibió que era una obra de arte que sólo una mujer podría haber escrito, con un enfoque que le parece fascinante y distinto al suyo como hombre y también describe la excelencia de Una larga mirada con una afirmación que se integra en su análisis: «Aunque mi alusión al concepto de “laberinto” sea muy reiterativa, debo volver a usarlo por dos razones: en primer lugar, porque prometí que este texto que estás leyendo sería un juego en torno a un laberinto de lectura y, por otra parte, porque es la mejor manera de transmitir lo que te ofrece esta novela. Se trata de un recorrido de introspección —Una larga mirada— en el que la protagonista nos hace revivir las cosas que le pasaron en la vida, de un modo que se integran con las decisiones que debe tomar en el presente que está narrando y permite comprender cómo el pasado influye en la constitución de las personas que somos». Así como también agradece a su admirado Martin Amis, quien era el hijastro de la escritora y fue fundamental para convencerla de que debía volver a escribir, una actividad que daba sentido a su vida, tal y como reconocía en una entrevista concedida un año antes de morir (2014): «I'm 90. Writing is what gets me up in the morning». Como sucede en otros pasajes de Un laberinto propio las reflexiones sobre Howard denotan una admiración profunda por la lectura de textos escritos por mujeres.

Iván Illich

Iván Illich (1926–2002) fue un ensayista austro-mexicano cuya obra cuestionó las instituciones modernas y defendió formas de aprendizaje y conocimiento basadas en la autonomía personal. Su relación con este libro se refiere a su ensayo En el viñedo del texto, que desentraña las ideas de Hugo de San Víctor sobre la lectura y el impacto de esa orientación monástica en la relación con los libros: «Cuando pasas entre viñedos con la bicicleta, los campos son como páginas de un libro lleno de líneas. Volvemos a la casa de mi primo mientras toda la luz que llega es dorada y alarga las sílabas de los campos a través de sus sombras. Con esa metáfora estoy haciendo un homenaje literario a aquel libro tan hermoso de Iván Illich, en el que muestra la lectura de los monasterios medievales como una actividad en la que había que tratar a los textos como “viñedos”, que debían ser roturados, cultivados y explorados, como quien selecciona y genera algo orgánico».

Karl Jaspers

En Origen y meta de la historia Karl Jaspers (1883–1969) introduce el concepto de «momentos axiales» como períodos que operaron a modo de unos ejes de transformación, tal que unos pilares para la refundación simultánea de diversas culturas en nuestro planeta. Luis González relee unas notas que escribió en los primeros días de los encierros y confinamientos de la pandemia en 2020 y encuentra que sigue estando de acuerdo consigo mismo en cuanto a que es posible hacer un uso analógico del concepto de Jaspers en relación con el impacto que viviría la humanidad por la conjunción de las circunstancias extraordinarias de esos años y los procesos de transformación exponencial de la sociedad que conlleva la digitalización. En esta obra se mencionan las palabras que se esgrimieron en la inauguración de lo que, probablemente, fue el primer evento presencial durante ese tiempo (la conferencia Readmagine de 2021) y cómo el autor mencionó a Jaspers y su concepto ante un auditorio con personas que tenían la cara tapada con mascarillas.

José Jiménez Lozano

José Jiménez Lozano (1930–2020) aparece en Un laberinto propio como uno de los escritores más admirados por su autor. Un narrador, ensayista y poeta, que recibió el Premio Cervantes en 2002, concedido por un jurado en el que el autor del libro participó como secretario de actas. El posterior encuentro familiar en su casa de Alcazarén confirmó una impresión nacida mucho antes de sus libros: la profunda humanidad y bondad que atraviesan su literatura. González se confiesa incapaz de comprender por qué Jiménez Lozano no es reconocido como un autor fundamental de los últimos cincuenta años. Entre toda su obra, Un laberinto propio propone a sus lectores el que comiencen por El mudejarillo, su particular aproximación a san Juan de la Cruz. Jiménez Lozano busca al ser humano anterior al personaje consagrado por la historia: el muchacho pobre y vulnerable del que acabará surgiendo una de las voces fundamentales de la poesía española. La pregunta implícita resulta especialmente significativa para el libro: ¿cómo se forma una persona capaz de crear algo extraordinario? La evocación de la llegada de san Juan a una Segovia cubierta por la nieve establece además otra de esas conexiones características de Un laberinto propio, una de esas carambolas de las bolas de billar, porque literatura, paisaje, memoria y conversación confluyen en una misma imagen: la fragilidad del poeta frente a la permanencia aparentemente imposible del acueducto.

Miha Kovač

Kovač (n. 1960) ocupa un lugar relevante en Un laberinto propio porque sus ideas permiten establecer una conexión entre la lectura de textos complejos, el pensamiento analítico y la calidad de la democracia. Cuando le tocó ser el comisario de la presencia de Eslovenia en la Feria de Frankfurt tuvo la idea de impulsar el Manifiesto de Liubliana, Kovač y otros expertos defienden el concepto de «higher-level reading» (lectura de alto nivel), que Luis González reformuló como «lectura ambiciosa»: una lectura que exige concentración, paciencia, conocimientos previos y capacidad para desenvolverse en textos largos y complejos. Para Kovač, esta competencia resulta especialmente importante en un ecosistema dominado por el smartphone, los algoritmos y un flujo constante de contenidos fragmentarios. Su argumento parte también del lenguaje: comprender novelas y ensayos exigentes requiere un vocabulario mucho más amplio que el necesario para la conversación cotidiana. Esa riqueza lingüística proporciona herramientas para abordar realidades complejas sin reducirlas automáticamente a explicaciones simples. Un laberinto propio desarrolla esta reflexión a partir de sucesivas conversaciones con Kovač en Maguncia, Liubliana y otros encuentros europeos. De ellas surge una preferencia compartida por hablar de «pensamiento analítico» frente al más ambiguo «pensamiento crítico». Kovač plantea como hipótesis que una sociedad con más lectores capaces de analizar información compleja estará mejor preparada para evaluar argumentos, convivir con la incertidumbre y resistir las simplificaciones que favorecen la autocratización.

Andrés Laguna

Andrés Laguna (c. 1499–1559) fue un médico, humanista, traductor y erudito español del Renacimiento cuya labor científica y filológica convirtió la lectura de los textos clásicos en un instrumento para renovar el conocimiento y transmitirlo a nuevas generaciones. Este segoviano procedía de una familia importante de judíos conversos de la ciudad castellana. Es una figura destacada del humanismo europeo porque representa el ideal renacentista del intelectual que une el estudio de las lenguas clásicas y la observación de la naturaleza. Se formó en las principales universidades de su tiempo y fue el médico de referencia de algunas de las personas más poderosas de Europa y Luis González se pregunta: «¿Cómo no han hecho un montón de películas sobre su vida?». En este Laberinto hay algo de la pasión de Laguna por las lenguas clásicas y por los árboles y plantas en general. Su célebre versión comentada de la Materia médica de Dioscórides ejemplifica un método que confronta la autoridad de los textos antiguos con la experiencia directa y el análisis racional.

Ursula K. Le Guin

Durante la adolescencia y primera juventud del autor de Un laberinto propio dedicó muchas horas a la lectura de obras literarias de un supuesto canon intelectual (En busca del tiempo perdido, Rayuela, Ulises, El cuarteto de Alejandría, La montaña mágica, etc.) y a obras de ciencia ficción de Asimov, Lem, Philip K. Dick, Gibson o Clarke. Un día encontró en una librería un ejemplar de La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin y decidió leerla a partir de la descripción que aparecía en la contracubierta. Desde ese momento se lanzó a leer tanto el resto de las novelas —más cercanas a Asimov— del ciclo del Ekumen (empezando por El mundo de Rocannon y Los desposeídos) como las del ciclo de Terramar, que son algo más «tolkinianas». Esta escritora estadounidense transformó la literatura fantástica y la ciencia ficción al convertirla una herramienta para explorar cuestiones filosóficas, políticas, culturales y antropológicas. Ursula K. Le Guin (1929–2018) amplió las posibilidades de la ficción especulativa mediante obras que reflexionan sobre el lenguaje, el poder, la identidad y la organización social, porque ambos ciclos generan unos mundos imaginarios que funcionan como laboratorios intelectuales para cuestionarnos y comprender mejor la realidad en la que vivimos. Aunque en Un laberinto propio la mención a Le Guin es muy escueta, su peso en la biografía lectora del autor se puede detectar al leer sus digresiones sobre la creación de mundos que hace Tolkien o al identificar en Borges e Italo Calvino la reflexión sobre las posibilidades de la ficción o con Isaac Asimov en la dimensión especulativa e, incluso y de un modo insólito, con Karl Popper y la apertura intelectual hacia alternativas posibles.

Leer el vino

En Un laberinto propio, la expresión «leer el vino» sirve para ampliar el significado de la lectura más allá de las palabras. La analogía nace de una experiencia compartida con José Luis, primo del autor y profesional del mundo del vino, cuya manera de describir aromas, texturas y sabores permite descubrir matices que pueden pasar inadvertidos para una persona menos experimentada. Catar un vino supone, en este sentido, interpretar una información sensorial y reconstruir a partir de ella la historia de una uva, un territorio y unas decisiones humanas. El paralelismo con los libros comienza incluso antes de esa interpretación. Al tomar un volumen observamos la cubierta, la tipografía, el papel o la disposición del texto; ante una copa atendemos primero al color, la claridad o la densidad. Después comienza propiamente la «lectura»: buscamos significados en un caso y reconocemos notas frutales, florales, terrosas o ahumadas en el otro. La comparación permite desarrollar una de las ideas recurrentes de Un laberinto propio: percibir mejor también se aprende. La experiencia amplía nuestra capacidad de distinguir, relacionar e interpretar. Cuantos más libros hemos leído, más conexiones podemos establecer ante un texto nuevo; cuantos más vinos hemos probado con atención, más matices podemos reconocer. Tanto leer como catar implican, finalmente, detenerse, prestar atención y elucidar aquello que tenemos delante.

Robert Macfarlane

Macfarlane (n. 1976) aparece en Un laberinto propio a través de dos obras que su autor recomienda con rotundidad y que permiten explorar una de las analogías centrales del libro: la relación entre «caminar, leer y descubrir». En The Old Ways (Las viejas sendas), Macfarlane recorre antiguos caminos de Gran Bretaña y de otros territorios —incluidas las montañas de Guadarrama, que son tan importantes para Luis González— y describe cómo el paisaje conserva las huellas de quienes lo han transitado. Enlaza con la idea de que caminar se convierte en una manera de leer el territorio y, simultáneamente, de explorar los propios paisajes interiores de las personas. Y también conecta con la estructura de Un laberinto propio, porque está concebido como un recorrido en el que el lector puede desviarse, establecer conexiones y encontrar sus propios caminos a través de las ideas del texto. La segunda referencia a este autor profundiza —nunca mejor dicho— en esa idea, a través de Holloway —publicado en español como Bajotierra— en el que Macfarlane, Stanley Donwood y Dan Richards exploran los «holloways»: antiguos caminos hundidos por siglos de tránsito y cubiertos por una bóveda vegetal. Macfarlane propone recorrer unos senderos que parecen penetrar bajo el bosque y también bajo las capas del tiempo, para sacar a la superficie rastros del pasado, una experiencia que el autor de Un laberinto propio relaciona con la idea de «elucidar»: extraer algo de la oscuridad para hacerlo visible y comprensible. En esta especie de metáfora complementaria de la lectura se concibe la lectura como un recorrido por senderos que otros abrieron antes que nosotros y también como una elucidación que permite penetrar en sus bifurcaciones, recuperar conexiones ocultas y hacer emerger significados que permanecían bajo la superficie, de modo que el laberinto deje de ser un lugar donde perderse y se convierta en un territorio donde descubrir.

Antonio Machado

La enseñanza sobre literatura durante varias generaciones de españoles ha contemplado a Machado como una de las grandes figuras las letras españolas. En otro ámbito diferente al libro, González ha señalado que: «Mi abuelo poeta tuvo contacto con Antonio Machado (1875–1939) durante su estancia en Segovia y mi tía abuela Carmen fue alumna suya. En aquellos años era tan llamativo el torpe aliño indumentario que presentaba que llegaba a provocar un sentimiento de pena hacia quien es uno de los grandes poetas españoles del siglo XX y de toda la historia de la literatura en mi lengua». Hay mucho de Machado que se esconde en este laberinto porque comparte la búsqueda de la sencillez con el goce espiritual en los paseos junto a un río, así como la influencia de los viajes en el coche de los padres del autor entre Madrid y Segovia con aquellos poemas cantados por Serrat.

Alberto Manguel

Manguel (Buenos Aires, 1948) es un escritor, ensayista, traductor y editor argentino-canadiense reconocido internacionalmente por su reflexión sobre la historia de la lectura, las bibliotecas y la relación entre los libros, la memoria y la imaginación. En otro foro Luis González ha señalado: «Jamás olvidaré un paseo que di con él por la catedral de León en 2006 (un rato antes de que diese una conferencia sobre le lectura en un congreso que nuestra fundación había organizado). Me quedé estupefacto cuando el recorrido fue compartiendo conmigo un conocimiento profundo sobre la Biblia y las tradiciones iconográficas del gótico. Recuerdo también que asintió y sonrió cuando le dije que me estaba dando una lectura de todo lo que yo veía y no era capaz de desentrañar porque era un analfabeto en ese lenguaje oculto que había en vidrieras y resto de imágenes». Pocos autores contemporáneos han contribuido tanto como Alberto Manguel a comprender la lectura como una experiencia cultural, intelectual y profundamente humana. En este libro se cita alguna de sus ideas sobre la lectura y hay una convergencia con ciertos planteamientos sobre la evolución de la lectura desde la Antigüedad hasta la era digital.

Hayao Miyazaki

La relación de Hayao Miyazaki (n. 1941) con Un laberinto propio se produce en dos niveles: hay una presencia tácita o escondida a lo largo de muchos pasajes del libro y al llegar al apéndice de recomendaciones que el autor ofrece para completar la lectura del libro parece como si se sintiera impelido a incluir a este artista del anime japonés. A la hora de formular ese segundo nivel se aprecia que el autor lo vincula a una de las ideas centrales del libro: una obra puede admitir diferentes niveles de lectura y cada persona construye su propia interpretación a partir de sus conocimientos y experiencias. Las películas de Miyazaki permiten disfrutar de la belleza de las imágenes y de la aventura sin necesidad de descifrar cuanto contienen, pero una mirada más atenta descubre sucesivas capas relacionadas con la naturaleza, la tecnología, la guerra, el trabajo, la identidad, la pérdida o el tránsito hacia la edad adulta. Esta superposición de significados aparece desde Nausicaä del Valle del Viento y alcanza especial complejidad en películas como La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro. Los bosques, el cielo y el agua son como unos territorios vivos, verdaderos personajes, que a menudo presentan morfologías laberínticas, donde los protagonistas se pierden, se transforman y aprenden a relacionarse con fuerzas que no controlan. Miyazaki entra también en Un laberinto propio a través de una experiencia íntima de interpretación, porque el autor recuerda haber visto El viaje de Chihiro junto a su hija cuando era muy pequeña. Padre e hija contemplaban las mismas imágenes, pero inevitablemente estaban viendo películas distintas. Esa experiencia reproduce lo que sucede con los libros, ya que cada lector interpreta la misma obra desde un lugar diferente. Tanto es así que puede regresar a ella años después para encontrar significados que antes permanecían invisibles.

Ignacio Moreno Gozálvez

Ignacio Moreno Gozálvez (n. 1962), autor de la novela El encanto y compañero de autor en la misma promoción del cuerpo funcionarial al que pertenecen, aparece en Un laberinto propio ligado a dos actividades esenciales en este libro: conversar y caminar. La trayectoria profesional de Moreno, con destinos en Estados Unidos, Reino Unido y Rusia, proporciona además el trasfondo cosmopolita de una amistad mantenida a través de los años y diversos lugares. La primera vez que compartieron largas conversaciones fue durante sus paseos por Londres mientras eran unos jóvenes alumnos del Civil Service College británico e Ignacio le invitó a visitar a un amigo que tenía una escultura de Calder en el recibidor de su casa en Chelsea, desde la que se podía ver entrar en la suya a Charlotte Rampling. En Un laberinto propio se menciona una conversación durante uno de los dos períodos en los que Ignacio estaba destinado en la Embajada de España en Moscú y que dio origen al apodo de «Casandro» que dedicó González. Tras cumplirse una predicción sobre un evento político insólito, defendida durante más de un año, Moreno recurre al mito de «Casandra», capaz de anticipar el futuro, pero condenada a no ser creída. La anécdota sirve para introducir una reflexión sobre la capacidad de los lectores para detectar señales incipientes (lo que se puede conectar, una vez más, con la etimología de «leer» en latín y en lenguas germánicas), imaginar futuros posibles y también la dificultad, muy diferente, de convencer a los demás de esas hipótesis. En un episodio londinense más reciente, Ignacio ejerce otro papel: el de alguien que comparte un conocimiento, un descubrimiento previo, con un amigo. Un paseo sin prisa por Hampstead Heath los conduce hasta Kenwood House, donde la contemplación casi íntima de Rembrandt, Vermeer, Canaletto, Constable, Gainsborough o Turner se convierte en un regalo inesperado, antes de terminar el recorrido en el histórico Spaniards Inn. Ambos episodios condensan una forma de avanzar bastante característica de Un laberinto propio: «las conversaciones y los paseos abren caminos imprevistos hacia nuevas ideas, lugares y experiencias». A veces comprender consiste precisamente en caminar acompañado.

La Movida madrileña

En Un laberinto propio, la Movida madrileña aparece como la experiencia vital de una ciudad que, tras décadas de dictadura, parecía recuperar de repente el color, la curiosidad y, sobre todo, el deseo de libertad. El Madrid de comienzos de los ochenta se descubre a través de pequeños espacios donde las distintas formas de cultura se mezclaban continuamente. El autor comparte algunas impresiones de aquellos años en Rock-Ola, cuando podía escucharse a Simple Minds, Depeche Mode o Echo and the Bunnymen y, otras noches, a grupos de la Movida como Radio Futura, Nacha Pop, Aviador Dro, Gabinete Caligari, Parálisis Permanente, Derribos Arias o Glutamato Ye-yé. Músicos y público compartían los mismos locales, mientras el Rastro, La Bobia, El Penta o La Vía Láctea formaban parte de una geografía cultural que se prolongaba en tiendas de discos, librerías y establecimientos de cómics. Al leer esta parte del libro se accede a las sensaciones en el marco de la transformación de una ciudad y la Movida representa así algo más que una escena musical: es el recuerdo de una generación que descubría simultáneamente músicas, libros, imágenes, personas e ideas en un ambiente de experimentación colectiva. Dentro de Un laberinto propio, aquella experiencia conecta con una de sus ideas centrales: la cultura prospera cuando existe libertad para explorar, mezclarse, equivocarse y establecer conexiones inesperadas, cuando, inesperadamente, Madrid se convirtió entonces en un extraordinario laberinto de posibilidades.

Walter Ong

Orality and Literacy: The Technologizing of the Word (1982) de Walter J. Ong es una referencia fundamental para el autor de Un laberinto propio porque para él fue un descubrimiento crucial la explicación en la que Ong (1912–2003) sostiene que la escritura constituye una «tecnología de la palabra», porque, lejos de ser una actividad natural, aprender a leer y escribir implica adquirir una tecnología cultural que reorganiza nuestros procesos cognitivos y modifica nuestra relación con el conocimiento. Durante la mayor parte de la historia, los seres humanos vivieron en culturas de «oralidad primaria», sin conocimiento de la escritura. En ellas, el pensamiento debía organizarse de manera que pudiera ser recordado y transmitido mediante la voz: repetición, fórmulas, ritmo, narraciones, proverbios y una estrecha vinculación con situaciones concretas y colectivas. La lectura y la escritura introducen una ruptura decisiva porque separan la palabra de quien la pronuncia y permiten convertir el lenguaje en un objeto estable, visible y susceptible de ser examinado repetidamente: el libro. El que el conocimiento ya no dependa exclusivamente de la memoria ni de la presencia simultánea de quien habla y quien escucha favorece formas de pensamiento más analíticas, abstractas, acumulativas e introspectivas y esta tesis es particularmente pertinente para la idea de «la lectura como tecnología humana» de Un laberinto propio.

Juan Párix

Johannes Parix de Heidelberg aparece en Un laberinto propio vinculado a las artes del libro y sirve como enigma a resolver para afrontar las relaciones entre la lectura, la imprenta y la capacidad de innovar en una sociedad abierta. Fue el impresor de los primeros libros fabricados en España, llegó a Segovia hacia 1472, llamado por el obispo Juan Arias Dávila. Sin embargo, el libro propone que su itinerario fue más complejo que un simple viaje desde Alemania hasta Castilla. A través de una investigación narrada deliberadamente como un relato detectivesco, se reconstruye una posible trayectoria: Heidelberg, Roma y Segovia. Párix habría pertenecido a aquella primera generación de impresores alemanes que, tras la revolución tecnológica iniciada por Gutenberg y los conflictos de Maguncia, se desplazaron hacia Italia buscando oportunidades. En Roma habría perfeccionado su oficio: la tipografía romana que utilizó posteriormente, su conocimiento de determinados incunables y otras huellas textuales permiten sostener —como hace Romero de Lecea— que trabajó en aquellos talleres. Párix encarna así varias ideas centrales de Un laberinto propio, como son la creatividad humana y la capacidad de hacer viajar las innovaciones con las personas; el impresor transportó tipos, herramientas y técnicas, pero sobre todo un conocimiento adquirido mediante la experiencia y el contacto con otros colegas. Su historia muestra también que la creatividad y el progreso surgen de las conexiones: en este caso Alemania proporcionó la tecnología inicial; Roma, un ecosistema donde perfeccionarla; Segovia, las condiciones económicas, culturales y políticas para explotarla. Párix sirve para que algunos pasajes de este libro sean un relato detectivesco y que se reconstruya así la historia de la primera imprenta española en una trayectoria profundamente europea, a través de un laberinto de personas, ciudades y conocimientos conectados por la tecnología del libro.

Samuel Pepys

Samuel Pepys (1633–1703) ha interesado al autor de este libro desde hace muchos años y sus Diarios han venido una lectura constante. En Un laberinto propio se subraya la capacidad de esas memorias, especialmente los textos correspondientes a 1660–1669, para llevar a los lectores hasta la vivencia cotidiana del Londres del siglo XVII. Pepys es una especie de funcionario de la época y escribe sobre su trabajo en el Almirantazgo, el teatro, la música, el dinero o el deseo con una inmediatez que permite casi escuchar las calles, sentir el frío junto al Támesis y percibir lo que el autor del libro denomina «el aroma del tiempo». Esa cualidad presenta una intensidad especial durante la Gran Peste de 1665. La forma en la que el miedo transforma progresivamente sus anotaciones y el recuento de fallecidos adquiere una presencia obsesiva, hacen que el autor reviva cómo le resultaba inevitable conectarlas con el momento en el que las estadísticas eran una especie de rito diario durante la pandemia de COVID-19. Asimismo, se comprobaba, una vez más, cómo una lectura realizada en otro momento podía proporcionar inesperadamente referencias para interpretar el presente. Un año después de la epidemia, Pepys fue también testigo del Gran Incendio de Londres de 1666. Sus diarios permiten a los lectores observar la catástrofe mientras está sucediendo. Pepys demuestra una de las capacidades más poderosas de la lectura: entrar en la vida de alguien separado de nosotros por siglos y descubrir que sus incertidumbres, temores y deseos pueden ayudarnos a comprender nuestra propia experiencia.

Georges Perec

Perec (1936–1982) fue un escritor, ensayista y miembro del Oulipo, cuya obra renovó la literatura contemporánea mediante la experimentación formal y una atención muy especial a la vida cotidiana. En Un laberinto propio, Georges Perec aparece citado como una invitación a comprender la lectura desde su dimensión lúdica y exploratoria. Su narrativa propone al lector participar en un juego de observación, asociaciones y descubrimientos, subrayando que leer no consiste únicamente en seguir una historia, sino en vivirla también como un juego en el que cada detalle puede adquirir un significado inesperado. Luis González escribe su texto frente a una gran librería que ha instalado en su nueva casa, después de «sobrevivir» a una mudanza que ha implicado la experiencia dolorosa de gestionar una colección de varios miles de libros. Frente a él ve el ejemplar de La vida, instrucciones de uso y eso dispara sus pensamientos sobre la posibilidad de vivir esta lectura como un videojuego. Georges Perec es una de las figuras más originales de la literatura francesa del siglo XX. Su escritura combina el rigor de la experimentación con una profunda sensibilidad hacia la memoria y la experiencia de lo cotidiano. Asumió que las restricciones formales podían ser sus motores de creatividad, aunque su obra es mucho más que el virtuosismo técnico: en ella convergen la pérdida, la huella de la infancia, los espacios habitados, los objetos comunes y los gestos más insignificantes, convertidos en materia literaria. Para el autor de este libro las obras de Perec son un exponente de cómo la lectura es un ejercicio de observación insólito que permite descubrir que la realidad cotidiana encierra una complejidad narrativa inagotable. En Un laberinto propio hay un elemento común con las obras de Perec porque se plantea en su prefacio como una partida de billar en la que la persona que lo lea seguirá una serie de carambolas que la van a llevar de un concepto a otro.

Karl Popper

Cuando el autor de este libro se refiere a Karl Popper (1902–1994) suele afirmar que la lectura de La sociedad abierta y sus enemigos supuso una «caída del caballo sobre el que viajaba a Damasco», reforzada por el posterior acceso a La miseria del historicismo y otros textos. Por una parte, relata cómo una pregunta que le hizo Jorge Semprún en una cena disparó una búsqueda que le hizo comprender su reluctancia inconsciente hacia Platón y por otra parte las lecturas de los textos de Popper le hicieron leer muchas más obras de naturaleza epistemológica y de defensa de las dudas y la libertad. En estos momentos también puede aprovecharse esta aproximación para hacer una defensa de la lectura ambiciosa una forma de crear conocimiento mediante la formulación de hipótesis sometidas continuamente a crítica y a posibles refutaciones, así como su vínculo con la defensa de las instituciones democráticas, el pluralismo y la libertad intelectual frente a toda forma de dogmatismo o pensamiento totalitario.

Beatrix Potter

Para el autor de Un laberinto propio Potter (1866–1943) está asociada a alguno de los momentos más felices de su vida: cuando subía a la habitación de su hija Inés a los cuatro o seis años para compartir con ella la lectura de una gran cantidad de títulos de esta escritora, ilustradora y naturalista británica que renovó —¿o inventó?— la literatura infantil al combinar de un modo único las historias emocionales con una observación rigurosa del mundo natural, convirtiendo los paisajes del Lake District en un espacio de imaginación y aprendizaje sobre la convivencia con los bosques y el resto de los animales. El papel que juega en este libro Beatrix Potter es relevante porque sirve para exponer sus ideas sobre la potencia de la lectura durante la infancia (y cómo mejora la proyección de cada persona). Esta autora construye un universo en el que Peter Rabbit, Benjamin Bunny, Mrs. Tiggy-Winkle y Mr. Tod son animales humanizados que conservan rasgos de su naturaleza y permiten a los niños explorar la forma en la que funciona el mundo, las relaciones, la convivencia y, sobre todo, la magia de las historias. Potter es fundamental porque integró por primera vez el texto y la ilustración en una unidad narrativa y consolidó un modelo de libro para niños donde la belleza formal y el respeto por la inteligencia del lector son la prioridad. Si seguimos el enfoque de Un laberinto propio como un juego de carambolas con otras referencias del texto, podríamos enlazar la concepción del paisaje que tiene Potter con la de Robert Macfarlane; su valoración de la imaginación con la de ciertos aspectos de la de Tolkien e, incluso, podríamos conectar estas lecturas tempranas con las investigaciones de Maryanne Wolf sobre el aprendizaje lector.

Henry Purcell

Este compositor inglés vivió durante su infancia la gran plaga de 1665 y el gran incendio de Londres de 1666, que tanto parecen obsesionar al autor de Un laberinto propio, porque es una época que para él impulsa el surgimiento de una modernidad que vincula la economía de mercado y la democracia parlamentaria. Purcell (1659–1695) consolidó una tradición musical inglesa propia y contribuyó decisivamente al desarrollo del teatro musical y de la música vocal barroca. Lo podemos vincular con Händel, Londres, Shakespeare, Samuel Pepys y la evolución cultural inglesa.

Eric Ries

La lectura de The Lean Startup, de Eric Ries (n. 1978), proporcionó una de las referencias para The Startup of the Book, el libro que Luis González escribió junto con Nina Klein en 2015. Ries proponía sustituir los grandes planes construidos sobre hipótesis inciertas por el «validated learning» o «aprendizaje validado»: un proceso continuo de desarrollo, evaluación y aprendizaje que permite experimentar, comprobar las respuestas de los usuarios y realizar ajustes sucesivos. The Startup of the Book trasladaba esa lógica al mundo de la lectura para preguntarse cómo podían las bibliotecas y la industria editorial innovar en un contexto marcado por la digitalización. La propuesta consistía en abandonar una posición meramente defensiva frente al cambio tecnológico y utilizar algunas dinámicas de las startups para mejorar la experiencia de los lectores, fomentar la socialización de la lectura, experimentar con nuevos servicios y establecer alianzas entre bibliotecas y empresas digitales europeas. A ello se añadía una concepción «fluida» de los contenidos: entender la propiedad intelectual como una materia prima creativa capaz de adoptar formas diferentes —libro impreso, «ebook», audiolibro, película, serie, cómic o videojuego—. Más de una década después, Un laberinto propio recupera aquellas ideas desde una perspectiva más cautelosa ante el creciente poder de las grandes plataformas, pero mantiene su apuesta fundamental: el mundo del libro debe asumir un papel activo en la innovación digital en lugar de limitarse a resistirla.

Roma

Roma desempeña en Un laberinto propio un papel que desborda ampliamente el de una ciudad visitada o admirada. Es, ante todo, una metáfora de Europa como espacio construido mediante sucesivas capas de conocimiento, cultura, creatividad y tecnología. De ahí la provocadora afirmación del autor de que los europeos continúan siendo, en cierto sentido, «ciudadanos del Imperio romano»: la Unión Europea aparece como una realidad radicalmente distinta, pero vinculada a una herencia común que puede reconocerse desde Segovia hasta Saintes. Roma es también una encrucijada en la historia del libro. La trayectoria imaginada de Juan Párix enlaza Heidelberg, Roma y Segovia: los talleres romanos habrían proporcionado al impresor alemán conocimientos tipográficos que después viajarían con él hasta la primera imprenta española. La tecnología del libro se formula así como el resultado de desplazamientos, aprendizajes y conexiones europeas. Pero la imagen más profunda surge de un viaje familiar. Durante un paseo con su hija Inés, el autor propone leer Roma como se lee un palimpsesto: Piazza Navona puede retroceder desde Bernini y Borromini hasta el estadio de Domiciano, mientras la Segovia de su propia infancia reaparece mediante Vespasiano y su acueducto. Esta experiencia condensa una de las propuestas de Un laberinto propio: leer consiste en descubrir conexiones y hacer visible lo que permanece oculto bajo la superficie. Y Roma se percibe por ello como un libro casi infinito.

Nadim Sadek

Sadek (n. 1962) es una de las voces principales sobre la aplicación de la inteligencia artificial al mundo del libro y era casi inevitable que entrase en contacto con el autor de Un laberinto propio porque la relación entre lo digital y la lectura es un tema fundamental en esta obra. De hecho, Sadek ha participado como orador en los tres últimos foros sobre IA que la Fundación Germán Sánchez Ruipérez ha organizado (PARIX IA en 2024, 2025 y 2026) en Casa del Lector (Madrid). Antes de haber fundado Shimmr AI Sadek creó empresas turísticas, cerveceras o musicales y desde su formación como psicólogo defiende que la IA no debería concebirse únicamente como una amenaza para autores y editores, sino como una tecnología capaz de ampliar la creatividad humana y mejorar la conexión entre las obras y sus posibles lectores. De ahí su propuesta de hablar de «Allied Intelligence» —inteligencia aliada—, poniendo el énfasis en la colaboración entre seres humanos y máquinas. Esta perspectiva comenzó a formularse específicamente para el sector editorial en Shimmer, Don't Shake: How Publishing Can Embrace AI (2023), en la que Sadek estudia la relación entre la historia de la edición y el desarrollo de la inteligencia artificial y presta especial atención a un problema decisivo para los libros: la «descubribilidad». Su empresa Shimmr AI intenta responder a este problema mediante tecnologías que analizan la identidad narrativa y psicológica de una obra —su «ADN del libro»— para conectarla con lectores potencialmente interesados. Dos años después, Quiver, Don't Quake: How Creativity Can Embrace AI (2025) presenta la inteligencia artificial como colaboradora creativa y desarrolla conceptos como Allied Intelligence, Calibrated Trust o The Panthropic, su idea de que al conversar con una IA accedemos a una suerte de compresión del conocimiento y la expresión acumulados por la humanidad.

Saintes

Saintes y la antigua comarca francesa de la Saintonge, en Charente-Maritime, ocupan en Un laberinto propio un lugar especialmente íntimo, que también sirve para extrapolar aportaciones para cada persona que lea este libro. Porque no constituyen únicamente el escenario de varios veranos (en el de 2025 comenzó la escritura de este libro), sino un territorio desde el que la lectura de este libro nos lleva a reflexionar sobre Europa, el paisaje y el placer de perderse y agotar las piernas. Recorrer en bicicleta las orillas del Charente, los viñedos, las marismas o los bosques de la Côte Sauvage convierte el territorio en otro de los laberintos del libro: caminos que se bifurcan, obligan a retroceder y despiertan la curiosidad por aquello que queda algo oculto entre los árboles. Saintes es utilizada además como una miniatura de Europa. Su Arco de Germánico, el anfiteatro, los restos del acueducto, las iglesias románicas y las construcciones de caliza establecen conexiones inmediatas con Segovia. Cuando leemos estos pasajes vemos que las diferencias importan tanto como las semejanzas: Europa no aparece como uniformidad, sino como una red de lugares distintos unidos por siglos de intercambios y de complejidad. Los artesanos franceses que llevaron el románico a Castilla son un ejemplo de esa circulación de técnicas, formas e ideas. Hay, finalmente, una dimensión personal. Tras varios veranos regresando a la comarca, sus calles, mercados, casas y paisajes producen una inesperada sensación de pertenencia. Sentirse en casa lejos de casa permite comprender físicamente una de las ideas de Un laberinto propio: nuestra identidad se construye mediante conexiones y así Saintes (el «Mediolanum Santonum» de la época romana) se enlaza con Segovia, Maguncia, Roma y otras ciudades hasta formar una geografía personal en la que se invita a las personas que lean este libro a caminar, recordar y leer, como si terminasen por ser actividades muy parecidas para el descubrimiento.

Antonio de Sancha

Se suele considerar a Antonio de Sancha (1720–1790) como uno de los grandes impresores de la historia de España. Actualmente ya se va reconociendo su papel como editor, en cuanto llevó a cabo ediciones cuidadosamente revisadas de los clásicos grecolatinos y de los principales autores españoles, configurando una propuesta de catálogo que contribuyó a profesionalizar la edición en España y a acercar obras fundamentales a un público cada vez más amplio. En una época marcada por el crecimiento de las sociedades ilustradas y el interés por difundir el conocimiento, convirtió su taller en un referente de precisión tipográfica, elegancia editorial y respeto por los textos. La figura de Sancha recuerda que la historia de la lectura no depende únicamente de los autores, sino también de toda la cadena de valor del libro, a través de la cual se hace posible que los libros lleguen a los lectores en las mejores condiciones. En Un laberinto propio hay varios pasajes dedicados a las «artes del libro» como parte de la experiencia de lectura y se incide en aspectos relacionados con la tipografía o el diseño de portadas porque todo esto constituye la propuesta de un libro.

Franz Schubert

Otra de las recomendaciones bibliográficas que se recogen en Un laberinto propio es el libro Viaje de invierno de Schubert. Anatomía de una obsesión de Ian Bostridge, ya que sirve para dar nuevas perspectivas a quienes tienen interés por las caminatas, la música y la literatura. González señala que: «Bostridge nos ofrece una guía para comprender ese viaje por el invierno cruzando la campiña y, al mismo tiempo, el recorrido interior de los monólogos existenciales recogidos en los poemas de Wilhelm Müller». Franz Schubert (1797–1828) murió con apenas treinta y un años, pero dejó una producción extraordinaria que transformó la música del Romanticismo y su aportación resulta especialmente decisiva en el Lied, porque la música deja de ser un mero soporte de la voz para participar en la narración, revelar estados psicológicos y transformar el poema. A pesar de que en Un laberinto propio se trata especialmente el Winterreise, la magia del compositor se extiende también a las sinfonías, los cuartetos, la música de cámara y las sonatas para piano. Y una de las características más singulares de Schubert es su particular tratamiento del tiempo musical: la repetición, la expansión de las melodías y las modulaciones inesperadas provocan la sensación de que la música no avanza directamente hacia una conclusión, como una especie de invitación para permanecer dentro de ella. Otro gran creador, Robert Schumann, lo expresó de manera memorable al descubrir la gran Sinfonía en do mayor de Schubert: habló de su «longitud celestial» (himmlische Länge) y la comparó con una extensa novela de Jean Paul que parece no terminar para que el lector pueda continuar creando después. Esto lo hace en un artículo en el que escribe: «Y esta longitud celestial de la sinfonía, como una gruesa novela en cuatro volúmenes, por ejemplo, de Jean Paul…». Jean Paul era el seudónimo de Johann Paul Friedrich Richter (1763–1825), uno de los grandes escritores del Romanticismo alemán, que era uno de los autores predilectos de Schumann y se trata de una comparación que puede ser indicada en el contexto de Un laberinto propio, porque Schumann elogia a Schubert comparándolo con una literatura que se demora, se desvía y deja al lector espacio para continuar creando, como una cualidad que prolonga la experiencia en la imaginación, tal y como el libro de González expone ideas sobre la digresión, el laberinto y la lectura como acto creativo. Así también se pueden enlazar estos conceptos con las referencias a los monólogos interiores de la literatura alemana, en autores como Walser, Kafka o Handke.

Segovia

Segovia ocupa un lugar central en Un laberinto propio. Es, en primer término, una geografía de la memoria: la ciudad de las vacaciones y fines de semana durante la infancia, de los juegos entre iglesias románicas y murallas, de los paseos por el valle del Eresma y de una biblioteca familiar que terminó convirtiéndose en la «sala de máquinas» donde se construyó un lector. Cuando leemos esta parte nos parece que podemos visualizar nuestra relación con la lectura durante la infancia y la juventud. Por eso sus calles forman un espacio casi doméstico en el que libros, músicas, personas y recuerdos continúan estableciendo conexiones. Pero Segovia es también una ciudad que puede leerse: residiendo en la luz que fascinó a María Zambrano, el acueducto romano, las iglesias, palacios, talleres, plazas y antiguas juderías forman capas sucesivas de un texto histórico. Caminar por ellas permite relacionar Roma con Castilla, el románico francés con el acueducto, la actividad textil con los palacios o la historia política con la vida cotidiana. Esa capacidad de conexión entre senderos muy diferentes explica otro de sus significados en Un laberinto propio: Segovia como nodo europeo del conocimiento y la innovación. En el siglo XV mantenía intensos vínculos intelectuales con Roma a través de humanistas y eclesiásticos como Juan de Torquemada, Rodrigo Sánchez de Arévalo o Juan Arias Dávila. Esa red favoreció que Johannes Parix de Heidelberg instalara allí hacia 1472 la primera imprenta española y produjera el Sinodal de Aguilafuente y otras de las primeras obras impresas. La innovación encontró además una ciudad con actividad industrial, conocimientos técnicos, comercio, artesanos especializados y una sociedad relativamente abierta: un ejemplo temprano de complejidad económica y social. Podría decirse que Segovia reúne así muchas de las ideas esenciales del libro porque mezcla la memoria personal con la memoria europea, la lectura y la tecnología, la libertad y la complejidad creativa. Sobre todo, demuestra una de las aportaciones que Un laberinto propio propone a quien lea el libro: comprender consiste muchas veces en descubrir las conexiones invisibles entre cosas que parecían separadas.

William Shakespeare

Justo cien años antes del gran incendio de Londres durante el reinado de Carlos II —que tanto obsesiona al autor de Un laberinto propio— William Shakespeare (1564–1616) escribió en un solo año ni más ni menos que tres obras teatrales completamente diversas pero imperecederas: Como gustéis, Julio César y Hamlet. Junto a esos textos teatrales, ese mismo año un tal Mr. Jaggard ganó bastante dinero imprimiendo y vendiendo una versión pirata de sonetos de Shakespeare, bajo el título de The Passionate Pilgrime (sic), es decir, El peregrino apasionado. Realmente, solo una parte de los poemas eran de Shakespeare, pero aparecían todos atribuidos a él. De esto se infiere que este impresor quería aprovechar el renombre a «El Bardo» y, precisamente, es una prueba de la fama que ya tenía durante su vida. En el libro, la presencia de Shakespeare está vinculada precisamente a los Sonetos y a la edición bilingüe preparada por Agustín García Calvo. La posibilidad de leer simultáneamente el original inglés y sus versiones poéticas abrió una puerta decisiva hacia la poesía inglesa al autor hace muchos años y también le resultó revelador el prólogo de García Calvo y su análisis de las contradicciones sobre el amor que recorren los poemas. Años después, durante la mudanza de casa que se describe como una pesadilla a la hora de colocar los libros, aparecieron dos ejemplares de aquella misma edición de Anagrama. Uno pertenecía al autor; el otro lo había comprado su esposa Emma después de que él se la recomendara en una de las primeras cenas que compartieron cuando comenzaban su relación.

George Steiner

El autor de este libro ha escrito en otro lugar lo siguiente: «Hace más de dos décadas tomé una copa con George Steiner y pude charlar un poco con él tras una conferencia mirífica que pronunció en el Círculo de Bellas Artes. No me cabe duda de que él percibió un grado de emoción similar al que yo hubiera sentido charlando con Kate Winslet, Halle Berry o Alfred Brendel. He leído varias veces una obra que es ingente y es un orgullo ver que Un laberinto propio se ha publicado por parte de la misma editorial Siruela que ha ofrecido en español esas ediciones tan maravillosas de sus obras. Steiner (1929–2020) era británico y estadounidense, nacido en Francia, pero, sobre todo, tenía un perfil de intelectual judío como crítico literario, ensayista y filósofo de la cultura. En este laberinto al que te estoy invitando hay una intensa huella de su reflexión sobre la lectura, el lenguaje y la responsabilidad ética de la tradición humanística en el mundo contemporáneo, así como del papel de los clásicos en nuestra educación. Cuando mi hija Inés tenía cuatro años decidí subir a su habitación todas las noches para insertar entre las lecturas habituales de Beatrix Potter o relatos sobre hadas la lectura de la Ilíada en la edición de Alma Mater. Obviamente no entendía nada. Si le hice esta «propuesta» durante un plazo muy breve (apenas dos semanas) fue por culpa de Steiner: cuando tenía seis años su padre abrió un libro con el texto de Homero, un diccionario y una gramática, y ambos fueron descifrando palabra por palabra la respuesta de Aquiles. Aquel descubrimiento, escribe, fue el momento decisivo de su vida intelectual y creo recordar que acaba por afirmar que: “Quizá todo lo demás haya sido una nota al pie de aquella hora”. Es una hermosura y también una locura ¿no?».

J. R. R. Tolkien

En su ensayo Sobre los cuentos de hadas J. R. R. Tolkien (1892–1973) sostiene que la fantasía es una forma útil de generar conocimiento, porque es capaz de ofrecer una mirada innovadora sobre la realidad mediante la imaginación. Uno de los logros de este autor es que ha logrado, con su profundo conocimiento de la cultura germánica, impregnar a bastantes generaciones de lectores y, durante las últimas décadas, de espectadores de cine de tradiciones que subyacen en Europa. El autor de Un laberinto propio reconoce que sus obras lograron introducirlo en una lectura inmersiva y también conectaron con las fuertes sensaciones que siempre ha tenido al caminar por un bosque: «La magia de la lectura es su capacidad para lograr imprimir de forma intensa sensaciones y pensamientos. Recuerdo la lectura de El hobbit al final de mi infancia y cómo me sentí al recorrer con Bilbo y sus compañeros, los enanos, el Bosque Negro durante cuarenta páginas. Supongo que a muchas personas les habrá pasado que, tras acabar la lectura de ese libro, lo primero que se necesita hacer es abrir con urgencia El Señor de los Anillos; para mí las noventa páginas del segundo libro (Las dos Torres) dedicadas al recorrido por el bosque de Fangorn son inolvidables».

Virgilio

Publio Virgilio Marón (70 a. C.-19 a. C.) ha acompañado al autor durante la mayor parte de su itinerario por este laberinto sobre la lectura. Porque si hay un poeta que nos puede ayudar a conversar con nuestras vidas mientras caminamos por senderos boscosos es este mantuano y hace mucho tiempo que es su compañero —con sus obras completas en la mesilla de noche— en su visión sobre lo que significa ser europeo o relacionarse con la naturaleza. Luis González ha recordado en este libro algún episodio en el que le ha dado por recitar algunos de sus versos en latín de las Geórgicas. Virgilio acompañó también a Dante y no cuesta imaginarlo de paseo con Milton o T. S. Eliot, porque para el autor es el fundador de una visión europea u occidental que integra las historias de Homero con las tradiciones ancestrales de nuestros sustratos célticos, germánicos y anteriores. Por eso imagina a dos hermanos trazando el perímetro fundacional de su ciudad castellana sobre la roca que Unamuno y otros compararon con un barco o ve en el final de octubre esos tejados humeantes y en la sombra alargada que cae desde las montañas de Guadarrama el inicio de los fríos del invierno.

Richard Wagner

Wagner (1813–1883) opera como una metáfora de una de las tesis centrales del ensayo: el esfuerzo es necesario para alcanzar un mayor placer. El autor de este libro tuvo que seguir durante varios años las transmisiones de Radio 2 (ahora Radio Clásica) del Festival de Bayreuth (cuyo 150 aniversario se celebra este año en el que se publica Un laberinto propio), leer varios libros sobre la tetralogía y su autor, vincular esas óperas con sus lecturas de novelas de caballería o con otros libros de filosofía que le hicieron enlazar el ciclo del anillo con el paso del mundo de los dioses al de los seres humanos. Igual que ocurre con ciertos libros, que solo revelan toda su riqueza cuando el lector acepta dedicarles tiempo y concentración, ciertas obras de Wagner —para Luis González las relevantes serían la tetralogía, el Tristán y Parsifal— se empiezan a disfrutar cuando se comprenden. Las carambolas subterráneas que hay en este laberinto entre este compositor se producen con otros nombres como los de Dante y Tolkien.

Robert Walser

Walser (1878–1956) fue un escritor suizo de lengua alemana cuya obra, de extraordinaria sutileza y originalidad, es otra exploración de la mirada, el paseo y la vida cotidiana. Al recorrer los estantes de su biblioteca, Luis González hace una breve digresión sobre la literatura alemana y señala: «Si has llegado hasta aquí supongo que eres una persona paciente, curiosa y con una sólida trayectoria lectora; aun así, si no has acompañado a Walser en sus paseos nocturnos, incoherentes y obsesivos, me atrevo a recomendártelo, aunque sea también en pequeñas dosis». Y es que sus narraciones, protagonizadas con frecuencia por personajes observadores y algo relacionados con las enfermedades mentales que el escritor suizo de lengua alemana y otros miembros de su familia experimentaron, desplazan la atención desde los grandes acontecimientos hacia los detalles más humildes de lo cotidiano para revelar en ellos una inesperada profundidad. Pero, sobre todo, en Walser hay unos paseos, unas breves conversaciones y una contemplación —mucha contemplación hacia dentro— que se convierten en el centro de su escritura.

Max Weber

Weber (1864–1920) fue un sociólogo, economista e historiador alemán, entre cuyas obras se encuentra La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que el autor de Un laberinto propio incorpora como una pieza para relacionar la lectura y la creación de riqueza. La tesis de Weber vincula la ética protestante con el surgimiento de la industrialización en los países del norte de Europa y compara ese enorme crecimiento económico con la economía rural y la pobreza de los países del sur de Europa, debido a su tradición católica. Sin embargo, Luis González plantea que la clave de esa desigual evolución no es otra que la lectura: desde el momento en que el protestantismo estableció que todos los creyentes debían leer la Biblia por sí mismos, se produjo una alfabetización de aquellos países que conllevaría los efectos de la transmisión del conocimiento, la capacitación a través de la lectura y la consiguiente generación de riqueza, a diferencia de los países católicos en los que la lectura estaba reservada a una cantidad reducida de personas doctas. Por otra parte, a González le resulta relevante desde un punto de vista democrático el concepto de Weber en cuanto a la «legitimidad racional» del poder frente a la «legitimidad tradicional» y la «legitimidad carismática» a la hora de comprender el papel de la administración pública, desde su propia visión como antiguo funcionario.

Maryanne Wolf

En el libro se describen las conversaciones con la investigadora Naomi Baron sobre las ventajas de la lectura en formato impreso y la relevancia neuronal que tiene el soporte en papel. El último libro de Naomi Baron cuenta con un prólogo a cargo de la persona con mayor proyección mundial en cuanto al estudio general del funcionamiento del cerebro lector. Se trata de Maryanne Wolf (n. 1950), una de las principales investigadoras contemporáneas en el campo de la neurociencia de la lectura. Su trabajo ha contribuido decisivamente a comprender cómo el cerebro humano desarrolla la capacidad de leer, una habilidad que no es innata, sino el resultado de un complejo proceso de adaptación neuronal. Sus investigaciones combinan la psicología cognitiva, la lingüística, la educación y la neurociencia para analizar tanto el aprendizaje lector como las dificultades asociadas a la dislexia y el impacto de los entornos digitales sobre la atención y la comprensión. En obras como Proust y el calamar y Lector, vuelve a casa, defiende la importancia de la lectura profunda como una práctica que favorece la reflexión, el pensamiento crítico, la empatía y la capacidad de establecer conexiones complejas entre las ideas. Su obra constituye una referencia esencial para comprender los desafíos que afronta la cultura escrita en la era digital.

Virginia Woolf

Woolf (1882–1941) es una presencia bastante constante en Un laberinto propio y su autor acaba afirmando que «Si alguien me preguntara cuál es el motivo principal por el que me llena tanto leer una novela o un relato de Virginia Woolf, empezaría por aludir a la forma singular de atender al tiempo y a la vida, como si ambos se desplegaran no en líneas rectas, sino en ondulaciones sensibles para formar un… laberinto». Asimismo, cuando González invita a las personas que lean su libro a acompañarlo en sus caminatas londinenses no deja de reconocer que hay ciertos conjuntos de calles que siente como el escenario en el que personajes de Woolf, como la Sra. Dalloway, desarrollan su flujo de conciencia y nos dejan penetrar en sus experiencias interiores. Su misma muerte puede considerarse una conexión entre el flujo de la conciencia y el flujo del agua del río Ouse. Incluso cuando trata de explicar su admiración por la literatura de E. J. Howard lo compara con el modo en el que la integrante del grupo de Bloomsbury juega con la conciencia en Al faro. Lo que en su época se llamó «modernismo literario» ahora es posible verlo como la belleza de una creación literaria muy adelantada a su época y quizás a la nuestra. Así, por ejemplo, Luis González subraya que «en una novela tan aparentemente “cronológica” como Orlando, la historia deja de ser una sucesión de fechas para convertirse en una experiencia movediza y nebulosa». Ella generó un arte delicado, entre lo narrativo y lo lírico, porque ofrece una narrativa fundada en datos descubiertos por una sensibilidad personal su significado y lo acaba proyectando dramáticamente a través de las mentes de otros (como se puede observar muy bien en Mrs. Dalloway). Estas son algunas de las razones por las que en un libro como Un laberinto propio haya una presentación a los lectores de ese universo.

María Zambrano

El autor recurre a un texto de María Zambrano (1904–1991) para explicar una experiencia vivida en la primera ocasión en la cual pudo salir de Madrid durante la pandemia. Hay un momento en el que se queda paralizado por la intensidad de las emociones y la profundidad de los recuerdos y explica una parte de eso a través de uno de sus textos más vinculados a la ciudad en la que la filósofa vivió cuando su padre daba clases en un instituto y fundó con Antonio Machado la Universidad Popular Segoviana. El texto de María Zambrano se titula Un lugar de la palabra: Segovia y en apenas una veintena de páginas, la filósofa construye una interpretación de la ciudad en la que pensamiento y poesía resultan inseparables. Este breve ensayo reaparece en un momento especialmente significativo del libro. En junio de 2020, el primer día en que se permiten los desplazamientos entre provincias después del confinamiento, el autor regresa a Segovia para visitar a sus padres. Al caminar muy temprano por una ciudad que percibe extraordinariamente limpia, luminosa y hermosa, recuerda inmediatamente las palabras de Zambrano sobre su luz. Para ella, Segovia no recibe simplemente la luz: parece elevarse hasta alcanzar el nivel en el que esta existe. Esta conexión se vincula a una de las ideas recurrentes de Un laberinto propio: leer modifica nuestra manera de mirar. Después de conocer el texto de Zambrano, la luz de Segovia ya no puede contemplarse exactamente de la misma manera, porque González es capaz de reproducir las palabras de Zambrano para expresar lo que siente en ese momento y en ese lugar, permitiéndole comunicar y hacer percibir a quien lea el libro algo que quizá permanecía invisible.